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Cuando
un ecosistema se encuentra en equilibrio, cada flor dispone de
un polinizador y cada insecto polinizador de la flor que le provee
sus alimentos. Así, tanto la fenología de las especies
con flor como la dinámica poblacional de los insectos polinizadores,
la densidad y diversidad, los hábitos de pecoreo, etc.,
se encuentran ajustados con precisión de relojería
para asegurar la supervivencia de ambos.
Así en el sistema natural los mecanismos de interacción
son tan variados como especies a polinizar y polinizadores existen
en la naturaleza, pero a los efectos de simplificar se pueden
considerar dos grandes grupos de abejas:

I) ABEJAS SOLITARIAS, cuyos patrones de forrajeo se rigen fundamentalmente
por predictores de tipo proteico (polen).
II) ABEJAS SOCIALES, cuyo comportamiento de forrajeo responde
principalmente al balance energético (néctar).
La importancia de las especies sociales radica principalmente
en que éstas tienen colonias perennes, con superposición
de generaciones, que impone un hábito alimenticio generalista
pues precisan de mucho alimento casi todo el año.
Mientras que las especies solitarias poseen nidos pequeños,
tienen ciclo de vida anual y una dieta especializada, estando
la actividad del adulto sincronizada con la fenología de
las plantas por ellos utilizadas.
Cuando en el ecosistema introducimos un cultivo, cualquiera
que sea, estamos introduciendo un factor de desequilibrio para
el que el sistema no está preparado, o en otras palabras,
aparecen simultáneamente una cantidad de flores que no
disponen en forma natural de sus polinizadores. Esto suele verse
agravado cuando la introducción del cultivo en cuestión
tiende a reducir la población de entomofauna polinizadora
natural.
En este caso resulta indispensable incluir los insectos polinizadores
como parte de la tecnología de producción y el sistema
aparentemente simple que vimos anteriormente adquiere un mayor
grado de complejidad.
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