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Definición de Democracia.

Significado, historia y origen de la palabra. Qué significa.

 

Democracia

Concepto nacido en Grecia para definir la forma de gobierno donde la autoridad se ejerce por una mayoría de los miembros de la comunidad política. Contrastaba así con los regímenes monocráticos (monarquía o tiranía) y elitistas (aristocracia u oligarquía), pero Aristóteles la consideraba condenada a corromperse hacia la demagogia ya que la virtuosa politeia de la democracia directa no era plausible ni siquiera en el contexto histórico de la pequeña ciudad clásica.

En sus primeras versiones el término alude a la necesidad moral de fomentar el pluralismo y el igual acceso de todos los ciudadanos a los poderes que ejercen las funciones públicas. Más adelante, junto a esta connotación normativa que siempre te ha acompañado, la etiqueta sirve también para referirse a un determinado régimen político orientado por los principios del constitucionalismo liberal.

democracia

No fue en las primeras revoluciones burguesas cuando el término adquirió la connotación prestigiosa que hoy tiene y fue más adelante, coincidiendo con la extensión del sufragio y la implicación efectiva de las masas en la toma de decisiones, cuando pasó a ser un concepto central. No obstante, las dimensiones de las sociedades modernas hacen imposible una intervención directa de todos los ciudadanos en la toma de decisiones por Lo que la canalización de esa demanda de participación, con la que se vincula la idea de democracia, sólo es posible a través del mecanismo de la representación y de la agregación de intereses en partidos políticos. La democracia actual se caracteriza por ser un régimen que hace posible articular el pluralismo social y que periódicamente organiza consultas universales de las que emanan los poderes públicos que en verdad toman las decisiones.

Además, como complemento o condición institucional previa, las minorías colectivas y Los individuos como tales tienen mecanismos de protección frente a las arbitrariedades que puedan cometer gobiernos amparados por el apoyo mayoritario. Por tanto, dependiendo del énfasis que se dé al principio de consenso entre los diferentes grupos políticos o al principio de mayoría, estos regímenes han subrayado más o menos el respeto a los derechos fundamentales y La división de poderes que, en todo caso, deben también estar presentes en toda democracia. De acuerdo con las dos posibilidades extremas mencionadas por Lijphart, frente al consociacionalismo propio de los países culturalmente fragmentados se opone el llamado modelo Westminster, que se caracteriza por la concentración institucional del poder y la imposición como estilo de gobierno.

Convencionalmente, la democracia se define en oposición a los autoritarismos pero el atractivo del término ha llevado a que, a menudo, las dictaduras fascistas y comunistas se bauticen con las denominaciones de democracia orgánica o popular. Por otro Lado, los seguidores de Rousseau, que se adscriben hoy a La teoría crítica de la política, tampoco consideran legitimadas como tales las autoproctamadas democracias representativas, ya que éstas se limitan a un mero procedimiento de selección de élites dirigentes. Sin embargo, ése es justo el ideal que, para pensadores conservadores como Schumpeter, debe perseguir la democracia.

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Para él se trata sólo de «un orden institucional, al igual que el mercado, en el que distintos grupos y personas compiten para ganarse los votos de los electores, de los consumidores políticos»; por lo que la radicalización de las expectativas ciudadanas o una participación excesiva desestabiliza al sistema y lo hace ingobernable. Pero la democracia actual, aún siendo tan imperfecta que es preferible denominarla como mera poliarquía, no es un régimen caracterizado sólo por el respeto a unas formas. Aunque no prejuzgue los resultados substanciales a que puede llevar, lo cierto es que el simple hecho de otorgar el gobierno del pueblo a dirigentes designados y controlados por él, hace que éstos se esmeren en satisfacer las demandas de aquél.

Como han demostrado los estudios comparados sobre las recientes transiciones, el paso de una dictadura a un modelo caracterizado por las libertades individuales, el sufragio universal, el pluralismo de partidos y la centralidad de la ley implica, además de todos esos logros liberales, una tendencia a que las políticas gubernamentales se ejerzan para el bienestar del pueblo. Es decir, en la democracia actual se combinan el respeto a los procedimientos, en términos de accountability electoral periódica, con la formación de políticas que persiguen satisfacer las demandas de amplios segmentos del electorado, al tiempo que se permite la existencia de contrapoderes institucionales y de una oposición política.

En consecuencia los populismos, que tanto preocupaban a Aristóteles como degeneración de la regla de la mayoría, no pueden considerarse un exponente de la misma pese a estar sustentados por un apoyo plebisicitario masivo. De hecho, la democracia parece exigir el complemento de una relativamente madura sociedad civil y de ahí que, al vincularse ésta con un cierto desarrollo económico, la modernidad estructural Y la democracia tiendan a combinarse.